miércoles, 15 de octubre de 2008

DESCARTES Y SU METAFISICA IV


...Mas podría suceder que yo fuese algo más de lo que pienso, y que todas las perfecciones que atribuyo a la naturaleza de Dios estén en mí, de algún modo, en potencia, si bien todavía no manifestadas en el acto. Y en efecto, estoy experimentando que mi conocimiento aumenta y se perfecciona poco a poco, y nada veo que pueda impedir que aumente más y más hasta el infinito, y, así acrecentado y perfeccionado, tampoco veo nada que me impida adquirir por su medio todas las demás perfecciones de la naturaleza divina; y, en fin, parece asimismo que, si tengo el poder de adquirir esas perfecciones, tendría también el de producir sus ideas. Sin embargo, pensándolo mejor, reconozco que eso no puede ser.


En primer lugar, porque, aunque fuera cierto que mi conocimiento aumentase por grados sin cesar y que hubiese en mi naturaleza muchas cosas en potencia que aún no estuviesen en acto, nada de eso, sin embargo, atañe ni aun se aproxima a la idea que tengo de la divinidad, en cuya idea nada hay en potencia, sino que todo está en acto. Y hasta ese mismo aumento sucesivo y por grados argüiría sin duda imperfección en mi conocimiento. Más aún: aunque mi conocimiento aumentase más y más, con todo no dejo de conocer que nunca podría ser infinito en acto, pues jamás llegará a tan alto grado que no sea capaz de incremento alguno. En cambio, a Dios lo concibo infinito en acto, y en tal grado que nada puede añadirse a su perfección. Y, por último, me doy cuenta de que el ser objetivo de una idea no puede ser producido por un ser que existe sólo en potencia —el cual, hablando con propiedad, no es nada—, sino sólo por un ser en acto, o sea, formal.


Y no tengo por qué juzgar que las cosas que me faltan son acaso más difíciles de adquirir que las que ya poseo; al contrario, es, sin duda, mucho más difícil que yo —esto es, una cosa o substancia pensante— haya salido de la nada, de lo que sería la adquisición, por mi parte, de muchos conocimientos que ignoro, y que al cabo no son sino accidentes de esa substancia. Y si me hubiera dado a mí mismo lo más difícil, es decir, mi existencia, no me hubiera privado de lo más fácil, a saber: de muchos conocimientos de que mi naturaleza no se halla provista; no me habría privado, en fin, de nada de lo que está contenido en la idea que tengo de Dios, puesto que ninguna otra cosa me parece de más difícil adquisición; y si hubiera alguna más difícil, sin duda me lo parecería (suponiendo que hubiera recibido de mí mismo las demás cosas que poseo), pues sentiría que allí terminaba mi poder.


Y no puedo hurtarme a la fuerza de un tal razonamiento mediante la suposición de que he sido siempre tal cual soy ahora, como si de ello se siguiese que no tengo por qué buscarle autor alguno a mi existencia. Pues el tiempo todo de mi vida puede dividirse en innumerables partes, sin que ninguna de ellas dependa en modo alguno de las demás; y así, de haber yo existido un poco antes no se sigue que deba existir ahora, a no ser que en este mismo momento alguna causa me produzca y —por decirlo así— me cree de nuevo, es decir, me conserve


En efecto, a todo el que considere atentamente la naturaleza del tiempo, resulta clarísimo que una substancia, para conservarse en todos los momentos de su duración, precisa de la misma fuerza y actividad que sería necesaria para producirla y crearla en el caso de que no existiese. De suerte que la luz natural nos hace ver con claridad que conservación y creación difieren sólo respecto de nuestra manera de pensar, pero no realmente.


Quizá pudiera ocurrir que ese ser del que dependo no sea Dios, y que yo haya sido producido, o bien por mis padres, o bien por alguna otra causa menos perfecta que Dios. Pero ello no puede ser, pues, como ya he dicho antes, es del todo evidente que en la causa debe haber por lo menos tanta realidad como en el efecto. Y entonces, puesto que soy una cosa que piensa, y que tengo en mí una idea de Dios, sea cualquiera la causa que se le atribuya a mi naturaleza, deberá ser en cualquier caso, asimismo, una cosa que piensa, y poseer en sí la idea de todas las perfecciones que atribuyo a la naturaleza divina.


Ulteriormente puede indagarse si esa causa toma su origen y existencia de sí misma o de alguna otra cosa. Si la toma de sí misma, se sigue, por las razones antedichas, que ella misma ha de ser Dios, pues teniendo el poder de existir por sí, debe tener también, sin duda, el poder de poseer actualmente todas las perfecciones cuyas ideas concibe, es decir, todas las que yo concibo como dadas en Dios.


Y si toma su existencia de alguna otra causa distinta de ella, nos preguntaremos de nuevo, y por igual razón, si esta segunda causa existe por sí o por otra cosa, hasta que de grado en grado lleguemos por último a una causa que resultará ser Dios. Y es muy claro que aquí no puede procederse al infinito, pues no se trata tanto de la causa que en otro tiempo me produjo, como de la que al presente me conserva.


Y nada tiene de extraño que Dios, al crearme, haya puesto en mí esa idea para que sea como el sello del artífice, impreso en su obra; y tampoco es necesario que ese sello sea algo distinto que la obra misma. Sino que, por sólo haberme creado, es de creer que Dios me ha producido, en cierto modo, a su imagen y semejanza, y que yo concibo esta semejanza (en la cual se halla contenida la idea de Dios) mediante la misma facultad por la que me percibo a mí mismo; es decir, que cuando reflexiono sobre mí mismo, no sólo conozco que soy una cosa imperfecta, incompleta y dependiente de otro, que tiende y aspira sin cesar a algo mejor y mayor de lo que soy, sino que también conozco, al mismo tiempo, que aquel de quien dependo posee todas esas cosas grandes a las que aspiro, y cuyas ideas encuentro en mí; y las posee no de manera indefinida y sólo en potencia, sino de un modo efectivo, actual e infinito, y por eso es Dios. Y toda la fuerza del argumento que he empleado para probar la existencia de Dios consiste en que reconozco que sería imposible que mi naturaleza fuera tal cual es, o sea, que yo tuviese la idea de Dios, si Dios no existiera realmente: ese mismo Dios, digo, cuya idea está en mí, es decir, que posee todas esas altas perfecciones, de las que nuestro espíritu puede alcanzar alguna noción, aunque no las comprenda por entero, y que no tiene ningún defecto ni nada que sea señal de imperfección. Por lo que es evidente que no puede ser engañador, puesto que la luz natural nos enseña que el engaño depende de algún defecto.


DESCARTES Y SU METAFISICA III


PIMERA MEDITACIÓN: DE DIOS ¿QUÉ EXISTE?


Cerraré ahora los ojos, me taparé los oídos, suspenderé mis sentidos; hasta borraré de mi pensamiento toda imagen de las cosas corpóreas, o, al menos, como eso es casi imposible, las reputaré vanas y falsas; de este modo, en coloquio sólo conmigo y examinando mis adentros, procuraré ir conociéndome mejor y hacerme más familiar a mí propio. Soy una cosa que piensa, es decir, que duda, afirma, niega, conoce unas pocas cosas, ignora otras muchas, ama, odia, quiere, no quiere, y que también imagina y siente, pues, como he observado más arriba, aunque lo que siento e imagino acaso no sea nada fuera de mí y en sí mismo, con todo estoy seguro de que esos modos de pensar residen y se hallan en mí, sin duda. Y con lo poco que acabo de decir, creo haber enumerado todo lo que sé de cierto, o, al menos, todo lo que he advertido saber hasta aquí.


De entre mis pensamientos, unos son como imágenes de cosas, y a éstos solos conviene con propiedad el nombre de idea: como cuando me represento un hombre, una quimera, el cielo, un ángel o el mismo Dios. Otros, además, tienen otras formas: como cuando quiero, temo, afirmo o niego; pues, si bien concibo entonces alguna cosa de la que trata la acción de mi espíritu, añado asimismo algo, mediante esa acción, a la idea que tengo de aquella cosa; y de este género de pensamientos, unos son llamados voluntades o afecciones, y otros, juicios.


Ahora tengo que ver si esas razones son lo bastante fuertes y convincentes. Cuando digo que me parece que la naturaleza me lo enseña, por la palabra “naturaleza” entiendo sólo cierta inclinación que me lleva a creerlo, y no una luz natural que me haga conocer que es verdadero. Ahora bien, se trata de dos cosas muy distintas entre sí; pues no podría poner en duda nada de lo que la luz natural me hace ver como verdadero: por ejemplo, cuando antes me enseñaba que del hecho de dudar yo podía concluir mi existencia. Porque, además, no tengo ninguna otra facultad o potencia para distinguir lo verdadero de lo falso, que pueda enseñarme que no es verdadero lo que la luz natural me muestra como tal, y en la que pueda fiar como fío en la luz natural. Mas por lo que toca a esas inclinaciones que también me parecen naturales, he notado a menudo que, cuando se trataba de elegir entre virtudes y vicios, me han conducido al mal tanto como al bien: por ello, no hay razón tampoco para seguirlas cuando se trata de la verdad y la falsedad.


Ahora bien: entre mis ideas, además de la que me representa a mí mismo (y que no ofrece aquí dificultad alguna), hay otra que me representa a Dios, y otras a cosas corpóreas e inanimadas, ángeles, animales y otros hombres semejantes a mí mismo. Mas, por lo que atañe a las ideas que me representan otros hombres, o animales, o ángeles, fácilmente concibo que puedan haberse formado por la mezcla y composición de las ideas que tengo de las cosas corpóreas y de Dios, aun cuando fuera de mí no hubiese en el mundo ni hombres, ni animales, ni ángeles. Y, tocante a las ideas de las cosas corpóreas, nada me parece haber en ellas tan excelente que no pueda proceder de mí mismo; pues si las considero más a fondo y las examino como ayer hice con la idea de la cera, advierto en ellas muy pocas cosas que yo conciba clara y distintamente; a saber: la magnitud, o sea, la extensión en longitud, anchura y profundidad; la figura, formada por los límites de esa extensión; la situación que mantienen entre sí los cuerpos diversamente delimitados; el movimiento, o sea, el cambio de tal situación; pueden añadirse la substancia, la duración y el número. En cuanto las demás cosas, como la luz, los colores, los sonidos, los olores, los sabores, el calor, el frío y otras cualidades perceptibles por el tacto, todas ellas están en mi pensamiento con tal oscuridad y confusión, que hasta ignoro si son verdaderas o falsas y meramente aparentes, es decir, ignoro si las ideas que concibo de dichas cualidades son, en efecto, ideas de cosas reales o bien representan tan sólo seres quiméricos, que no pueden existir. Pues aunque más arriba haya yo notado que sólo en los juicios puede encontrarse falsedad propiamente dicha, en sentido formal, con todo, puede hallarse en las ideas cierta falsedad material, a saber: cuando representan lo que no es nada como si fuera algo.

DESCARTES Y SU METAFISICA II


DE LA NATURALEZA DEL ESPÍRITU HUMANO; Y QUE ES MÁS FÁCIL DE CONOCER QUÉ EL CUERPO


Mi meditación de ayer ha llenado mi espíritu de tantas dudas, que ya no está en mi mano olvidarlas. Y, sin embargo, no veo en qué manera podré resolverlas; y, como si de repente hubiera caído en aguas muy profundas, tan turbado me hallo que ni puedo apoyar mis pies en el fondo ni nadar para sostenerme en la superficie. Haré un esfuerzo, pese a todo, y tomaré de nuevo la misma vía que ayer, alejándome de todo aquello en que pueda imaginar la más mínima duda, del mismo modo que si supiera que es completamente falso; y seguiré siempre por ese camino, hasta haber encontrado algo cierto, o al menos, si otra cosa no puedo, hasta saber de cierto que nada cierto hay en el mundo.



Arquímedes, para trasladar la tierra de lugar, sólo pedía un punto de apoyo firme e inmóvil; así yo también tendré derecho a concebir grandes esperanzas, si por ventura hallo tan sólo una cosa que sea cierta e indubitable.


Así pues, supongo que todo lo que veo es falso; estoy persuadido de que nada de cuanto mi mendaz memoria me representa ha existido jamás; pienso que carezco de sentidos; creo que cuerpo, figura, extensión, movimiento, lugar, no son sino quimeras de mi espíritu. ¿Qué podré, entonces, tener por verdadero? Acaso esto solo: que nada cierto hay en el mundo.


Pero ¿qué sé yo si no habrá otra cosa, distinta de las que acabo de reputar inciertas, y que sea absolutamente indudable? ¿No habrá un Dios, o algún otro poder, que me ponga en el espíritu estos pensamientos? Ello no es necesario: tal vez soy capaz de producirlos por mí mismo. Y yo mismo, al menos, ¿no soy algo? Ya he negado que yo tenga sentidos ni cuerpo.


Con todo, titubeo, pues ¿qué se sigue de eso? ¿Soy tan dependiente del cuerpo y de los sentidos que, sin ellos, no puedo ser? Ya estoy persuadido de que nada hay en el mundo; ni cielo, ni tierra, ni espíritus, ni cuerpos, ¿y no estoy asimismo persuadido de que yo tampoco existo? Pues no: si yo estoy persuadido de algo, o meramente si pienso algo, es porque yo soy.


Cierto que hay no sé qué engañador todopoderoso y astutísimo, que emplea toda su industria en burlarme. Pero entonces no cabe duda de que, si me engaña, es que yo soy; y, engáñeme cuanto quiera, nunca podrá hacer que yo no sea nada, mientras yo esté pensando que soy algo. De manera que, tras pensarlo bien y examinarlo todo cuidadosamente, resulta que es preciso concluir y dar como cosa cierta que esta proposición: “yo soy”, “yo existo”, es necesariamente verdadera, cuantas veces la pronuncio o la concibo en mi espíritu.


Pero un hombre que intenta conocer mejor que el vulgo, debe avergonzarse de hallar motivos de duda en las maneras de hablar propias del vulgo. Por eso prefiero seguir adelante y considerar si, cuando yo percibía al principio la cera y creía conocerla mediante los sentidos externos, o al menos mediante el sentido común —según lo llaman—, es decir, por medio de la potencia imaginativa, la concebía con mayor evidencia y perfección que ahora, tras haber examinado con mayor exactitud lo que ella es, y en qué manera puede ser conocida. Pero sería ridículo dudar siquiera de ello, pues ¿qué habría de distinto y evidente en aquella percepción primera, que cualquier animal no pudiera percibir? En cambio, cuando hago distinción entre la cera y sus formas externas, y, como si la hubiese despojado de sus vestiduras, la considero desnuda, entonces, aunque aún pueda haber algún error en mi juicio, es cierto que una tal concepción no puede darse sino en un espíritu humano.


DESCARTES Y SU METAFÍSICA I




PRIMERA MEDITACIÓN: DE LAS COSAS QUE SE PUEDEN MANTENERSE EN DUDA.



Todo lo que he admitido hasta el presente como más seguro y verdadero, lo he aprendido de los sentidos o por los sentidos; ahora bien, he experimentado a veces que tales sentidos me engañaban, y es prudente no fiarse nunca por entero de quienes nos han engañado una vez.



Pero, aun dado que los sentidos nos engañan a veces, tocante a cosas mal perceptibles o muy remotas, acaso hallemos otras muchas de las que no podamos razonablemente dudar, aunque las conozcamos por su medio; como, por ejemplo, que estoy aquí, sentado junto al fuego, con una bata puesta y este papel en mis manos, o cosas por el estilo. Y ¿cómo negar que estas manos y este cuerpo sean míos, si no es poniéndome a la altura de esos insensatos, cuyo cerebro está tan turbio y ofuscado por los negros vapores de la bilis, que aseguran constantemente ser reyes siendo muy pobres, ir vestidos de oro y púrpura estando desnudos, o que se imaginan ser cacharros o tener el cuerpo de vidrio? Mas los tales son locos, y yo no lo sería menos si me rigiera por su ejemplo.


Habrá personas que quizá prefieran, llegados a este punto, negar la existencia de un Dios tan poderoso, a creer que todas las demás cosas son inciertas; no les objetemos nada por el momento, y supongamos, en favor suyo, que todo cuanto se ha dicho aquí de Dios es pura fábula; con todo, de cualquier manera que supongan haber llegado yo al estado y ser que poseo —ya lo atribuyan al destino o la fatalidad, ya al azar, ya en una enlazada secuencia de las cosas— será en cualquier caso cierto que, pues errar y equivocarse es una imperfección, cuanto menos poderoso sea el autor que atribuyan a mi origen, tanto más probable será que yo sea tan imperfecto, que siempre me engañe. A tales razonamientos nada en absoluto tengo que oponer, sino que me constriñen a confesar que, de todas las opiniones a las que había dado crédito en otro tiempo como verdaderas, no hay una sola de la que no pueda dudar ahora, y ello no por descuido o ligereza, sino en virtud de argumentos muy fuertes y maduramente meditados; de tal suerte que, en adelante, debo suspender mi juicio acerca de dichos pensamientos, y no concederles más crédito del que daría a cosas manifiestamente falsas, si es que quiero hallar algo constante y seguro en las ciencias.


RENE DESCARTES (METAFÍSICA)




BIOGRAFÍA


Descartes nació el 31 de marzo de 1596 en La Haye, en la Turena francesa. Pertenecía a una familia de la baja nobleza, siendo su padre, Joachin Descartes, Consejero en el Parlamento de Bretaña. La temprana muerte de su madre, Jeanne Brochard, pocos meses después de su nacimiento, le llevará a ser criado en casa de su abuela materna, a cargo de una nodriza a la que permanecerá ligado toda su vida. Posteriormente hará sus estudios en el colegio de los jesuitas de La Flèche, hasta los dieciséis años, estudiando luego Derecho en la Universidad de Poitiers. Según la propia confesión de Descartes, tanto en el Discurso del método como en las Meditaciones, las enseñanzas del colegio le decepcionaron, debido a las numerosas lagunas que presentaban los saberes recibidos, a excepción de las matemáticas, en donde veía la posibilidad de encontrar un verdadero saber.



Esta muestra de escepticismo, que Descartes presenta como un rasgo personal es, sin embargo, una característica del pensamiento de finales del siglo XVI y principios del XVII, en los que el pirronismo ejerció una notable influencia. Terminados sus estudios Descartes comienza un período de viajes, apartándose de las aulas, convencido de no poder encontrar en ellas el verdadero saber:


"Por ello, tan pronto como la edad me permitió salir de la sujeción de mis preceptores, abandoné completamente el estudio de las letras. Y, tomando la decisión de no buscar otra ciencia que la que pudiera hallar en mí mismo o en el gran libro del mundo, dediqué el resto de mi juventud a viajar, a conocer cortes y ejércitos, a tratar con gentes de diversos temperamentos y condiciones, a recoger diferentes experiencias, a ponerme a mí mismo a prueba en las ocasiones que la fortuna me deparaba, y a hacer siempre tal reflexión sobre las cosas que se me presentaban, que pudiese obtener algún provecho de ellas." (Discurso del método)



Después de sus estudios opta, pues, por la carrera de las armas y se enrola en 1618, en Holanda, en las tropas de Maurice de Nassau, príncipe de Orange. Allí conocerá a un joven científico, Isaac Beeckman, para quien escribe pequeños trabajos de física, como "Sobre la presión del agua en un vaso" y "Sobre la caída de una piedra en el vacío", así como un compendio de música. Durante varios años mantienen una intensa y estrecha amistad, ejerciendo Beeckman una influencia decisiva sobre Descartes, sobre todo en la concepción de una física matemática, en la que había sido instruido por Beeckman. Continúa posteriormente sus investigaciones en geometría, álgebra y mecánica, orientado hacia la búsqueda de un método "científico" y universal.


En 1619 abandona Holanda y se instala en Dinamarca, y luego en Alemania, asistiendo a la coronación del emperador Fernando en Frankfurt. Se enrola entonces en el ejército del duque Maximiliano de Baviera. Acuartelado cerca de Baviera durante el invierno, pasa su tiempo en una habitación calentada por una estufa, donde elabora su método, fusión de procedimientos lógicos, geométricos y algebraicos. De esa época será la concepción de la posibilidad de una matemática universal (la idea de una ciencia universal, de un verdadero saber) y se promete emplearla en renovar toda la ciencia y toda la filosofía.


La noche del 10 de noviembre de 1619 tiene tres sueños sucesivos que interpreta como un mensaje del cielo para consagrarse a su misión filosófica. La importancia que concede Descartes a estos sueños choca con las características que se le atribuyen ordinariamente a su sistema ( racionalismo), pero según el mismo Descartes nos relata, estarían en la base de su determinación de dedicarse a la filosofía, y contendrían ya la idea de la posibilidad de fundamentar con certeza el conocimiento y, con ello, reconstruir el edificio del saber sobre cimientos firmes y seguros. Habiéndose dotado con su método de una moral provisional, renuncia a su carrera en el ejército. De 1620 a 1628 viaja a través de Europa, residiendo en París entre los años 1625-28, dedicando su tiempo a las relaciones sociales y al estudio, entablando amistad con el cardenal Bérulle, quien le animará a desarrollar sus teorías en afinidad con el catolicismo. Durante este período se ejercita en su método, se libera de los prejuicios, acumula experiencias y elabora múltiples trabajos descubriendo especialmente en 1626 la ley de refracción de los rayos luminosos. También en esta época redacta las "Reglas para la dirección del espíritu", obra inacabada que expone lo esencial de su método.


En 1628 se retira a Holanda para trabajar en paz. Permanecerá allí veinte años, cambiando a menudo de residencia, completamente ocupado en su tarea filosófica. Comienza por componer un pequeño tratado de metafísica sobre el alma y Dios del que se dice satisfecho y que debe servir a la vez de arma contra el ateísmo y de fundamento de la física. Dicho tratado contendría ya las ideas fundamentales de lo que serían posteriormente las "Meditaciones metafísicas", según algunos estudiosos del cartesianismo, opinión no compartida por otros, que creen demasiado temprana la fecha como para que Descartes estuvisese ya en posesión de su metafísica.


Interrumpe la elaboración de dicho tratado para escribir en 1629 un "Tratado del mundo y de la luz" que acaba en 1633 y que contiene su física, de caracter mecanicista. Pero, habiendo conocido por azar la condena de Galileo por haber sostenido el movimiento de la tierra (que también sostenía Descartes), renuncia a publicar su trabajo. Por una parte no quiere enfrentarse con la Iglesia a la cual está sometido por la fe. Por otra, piensa que el conflicto entre la ciencia y la religión es un malentendido. En fin, espera que un día el mundo comprenderá y que podrá editar su libro. Este "miedo" de Descartes ante la condena de Galileo ha llevado a algunos estudiosos a buscar en su obra un significado "oculto", llegando a interpretar la demostración de la existencia de Dios que realiza en las Meditaciones como un simple ejercico de prudencia, que no se correspondería con el "auténtico" pensamiento cartesiano sobre la cuestión. Para difundir su doctrina mientras tanto publica resúmenes de su física, precedidos por un prefacio. Es el famoso "Discurso del método", seguido de "La Dióptrica", los "Meteoros" y "La Geometría", que sólo son ensayos de este método (1637). El éxito le conduce a dedicarse completamente a la filosofía. Publica en 1641, en latín, la "Meditaciones sobre la filosofía primera", más conocida como Las Meditaciones metafísicas, que somete previamente a los grandes espíritus de la época (Mersenne, Gassendi, Arnauld, Hobbes...) cuyas objeciones seguidas de respuestas serán publicadas al mismo tiempo. En 1640 muere su hija Francine, nacida en 1635, fruto de la relación amorosa mantenida con una sirvienta. En 1644 publica en latín los "Principios de la filosofía". La publicación de estas obras le proporciona a Descartes el reconocimiento público, pero también es la causa de numerosas disputas.


En 1643 conoce a Elizabeth de Bohemia, hija del elector palatino destronado y exiliado en Holanda. La princesa lo adopta como director de conciencia, de donde surgirá una abundante correspondencia en la que Descartes profundiza sobre la moral y sobre sus opiniones políticas y que le conducen en 1649 a la publicación de "Las pasiones del alma", más conocida como el Tratado de las pasiones, que será la última obra publicada en vida del autor y supervisada por él.


Posteriormente realiza tres viajes a Francia, en 1644, 47 y 48. Será en el curso del segundo cuando conozca a Pascal. Su fama le valdrá la atención de la reina Cristina de Suecia. Es invitado por ella en febrero de 1649 para que le introduzca en su filosofía. Descartes, reticente, parte sin embargo en septiembre para Suecia. El alejamiento, el rigor del invierno, la envidia de los doctos, contraría su estancia. La reina le cita en palacio cada mañana a las cinco de la madrugada para recibir sus lecciones. Descartes, de salud frágil y acostumbrado a permanecer escribiendo en la cama hasta media mañana, coge frío y muere de una neumonía en Estocolmo el 11 de febrero de 1650 a la edad de 53 años.



QUIROMANCIA III

LOS DEDOS

LOS NUDOS:
Los dedos sin nudos pertenecen a manos de artistas; de hecho, aunque tengan una meta positiva, los artistas proceden siempre más por inspiración que por razonamiento; más por fantasía y sentimiento que por adhesión a las realidades de la vida. Los nudos modifican las características de los dedos.El primer nudo, el más próximo a la uña, es denominado "nudo filosófico".Es el nudo del razonamiento y de la discusión; representa la tendencia al análisis y el orden en las ideas; cuanto más pronunciado es el nudo, más se afirma esta cualidad.El segundo nudo, que liga la segunda falange a la que está en la base de los dedos, es denominado "nudo material". Cuanto más pronunciado está, mayormente indica la tendencia al orden material, que puede llegar al exceso de la meticulosidad.
POSICIONES DE LOS DEDOS:
Si los dedos están muy apretados entre ellos en la base, es señal de discreción, de espíritu económico; si, por el contrario, están muy separados es señal de ligereza y de egoísmo.Si el dedo índice y el dedo corazón están separados, indican capacidad de pensamiento independiente. El dedo anular y el meñique separados indican independencia en el actuar.El pulgar que tiende hacia los otros dedos indica avaricia y codicia.El índice inclinado hacia el dedo cordial es señal de ambición; si está inclinado hacia el pulgar, indica egoísmo.El dedo cordial inclinado hacia el anular denota tendencia por las artes y por las ciencias; si está inclinado hacia el índice, indica ambición y orgullo.El anular inclinado hacia el cordial denota sumisión al destino; si está inclinado hacia el meñique, indica tendencia a las artes y al mismo tiempo a las ciencias.El meñique inclinado hacia el anular denota habilidad; capacidad de utilizar el arte para obtener provecho de él.
DEDO PULGAR:
El estudio de este dedo es particularmente importante. Por la forma del pulgar pueden resultar modificadas e incluso completamente cambiadas las indicaciones sobre las cualidades del carácter del individuo. En efecto, este dedo representa la voluntad y el don más precioso del espíritu, que es la lógica. El desarrollo del pulgar está en proporción con el desarrollo de las facultades mentales. En el chimpancé, que físicamente es el animal más afín al hombre, el dedo pulgar es cortísimo, indicio de su limitada inteligencia.Los individuos de mente poco aguda tienen el dedo pulgar débil y a menudo lo tienen escondido en el puño, como los recién nacidos; los idiotas de nacimiento generalmente lo tienen atrofiado, cuando no están incluso privados de él; desde luego estos individuos carecen de voluntad y de lógica.

QUIROMANCIA II

Nota: Está compilación de mi blog es una forma fácil para imprimir la información pero para observar las imagenes visiten la página de la dirección de la primera parte del artículo de la introducción a la quiromancia.
LA FORMA DE LA MANO
En todos los tiempos, los estudiosos de la quiromancia han analizado los diversos tipos de manos, distinguiéndolos según la forma de la palma y de los dedos, porque a cada uno corresponden siempre particulares características morales y físicas del sujeto.A los 150 tipos de mano distinguidos por Cornelio Agripa, Tricaso opuso ochenta; otros redujeron el número, hasta llegar a madame de Thebes que solamente distingue tres en sus rasgos más sumarios: el ahusado, el puntiagudo y el cuadrado.Nosotros pensamos que hay manos que pueden parecerse, pero la naturaleza no se repite nunca y no calca sus tipos; sin embargo, consideramos las formas de la mano que se diferencian mas netamente, distinguiéndolas como sigue:mano elemental (palma grande) mano cuadradamano de espátulamano nudosa (filosófica)mano cónica (artística)mano ahusada (psíquica)mano mixta
MANO ELEMENTAL.
Es rechoncha, con la palma ancha y dura, con dedos y uñas cortos (fig.2): revela una especial limitación intelectual y pereza de los sentidos. Está muy poco surcada por líneas, tiene el pulgar corto, con la primera falange gruesa y, con frecuencia, vuelve hacia atrás. Pertenece a individuos de poca fantasía que difícilmente dominan sus pasiones, son más bien violentos, pero sin ser valientes. Tienen una cierta astucia instintiva y carecen de aspiraciones elevadas: son sensibles al dolor y fáciles al desaliento.
LA MANO CUADRADA
Tiene la palma netamente cuadrada en la parte de la muñeca; son asimismo cuadrados los dedos tanto en la base como en la extremidad (fig. 3). También las uñas son cuadradas y cortas; la mano, generalmente, es más bien grande. El sujeto es ordenado, puntual, obstinado en las propias decisiones, aunque no le gusta discutir ni litigar. Sus costumbres son metódicas; no experimenta atracción por las artes ni por la sociedad. Es trabajador y siente inclinación por las ciencias exactas, los estudios prácticos, la industria y el comercio. Se dedica a la familia, pero es poco expansivo; sin embargo, es sincero y fiel en sus amistades.Si la mano es cuadrada y con los dedos cortos, en el sujeto está acentuada la obstinación; si, en vez de eso, los dedos son largos, el sujeto demostrará método y lógica en mayor grado.La mano cuadrada con dedos de espátula denota espíritu práctico y buena técnica, por ejemplo en trabajos mecánicos. Si la espátula de los dedos es muy pronunciada, anuncia actividad física más que intelectual, interés práctico, tiránica necesidad de actividad.
LA MANO ESPATULA
Tiene dedos que se ensanchan en lo alto; la palma de la mano es más ancha en la base de los dedos que en la base de la misma mano, junto a la muñeca, o bien se advierte lo contrario (fig. 4). Esta mano es característica de quien siente necesidad de independencia y de actividad y, probablemente, no será su poseedor un buen empleado de oficina. Una mano de espátula dura pertenece a una naturaleza excitable, enérgica e inteligente; si es blanda y floja indica que el sujeto es un tipo inquieto, irritable e impulsivo.En general, los sujetos que tienen mano de espátula no se sienten inclinados hacia las artes ni poseen un sentido de la elegancia y el refinamiento; ni siquiera gustan de las comodidades de la vida.Por regla general, tienen constancia en el amor. Si los dedos son lisos, entonces puede pensarse que sentirán inclinación a la elegancia, no por esteticismo, sino solamente por seguir la moda. Si la forma de espátula está muy acentuada, indica una imperiosa necesidad de movimiento y de actividad.
LA MANO CONICA
De tamaño mediano, sin nudos (fig. 5), denuncia un temperamento romántico, imprevisión, inconstancia, impresionabilidad. El sujeto tiene mucha fantasía, habla bien, es impulsivo en la acción, y al juzgar no tolera constricciones, no puede aplicarse por largo tiempo a la misma obra; anhela la libertad y, por lo tanto, es inconstante, lo mismo en el amor que con respecto a las amistades.Este tipo de mano está indicado como "mano artística". Según madame de Thebes no es aconsejable confiar en aquellos que la poseen; desde luego son individuos fáciles a los cambios de humor y a los de sentimiento; y saben defender la libertad de su propio yo contra cualquiera que sea. Anhelan lo bello, y se entusiasman fácilmente hasta el fanatismo.Naturalmente, también este temperamento puede experimentar modificaciones que se podrán descubrir por las diferentes formas de los dedos.
MANO NUDOSA O FILOSOFICA
Tiene la palma grande, dedos huesudos muy desarrollados y el pulgar grande (fig. 6). Son características de personas reflexivas, atraídas por las especulaciones filosóficas, pensadores taciturnos absortos en problemas espirituales, razonadores ajenos a la vida mundana.
MANO AHUSADA O PSIQUICA
Forma no común, es la más bella. Es pequeña, delicada, tiene dedos largos, ahusados y finos, con uñas largas de forma de almendra (fig. 7). El sujeto es tranquilo, gentil, no posee sentido práctico, tiene tendencias románticas y es influenciable; es intuitivo, pero no se aplica a la búsqueda de la verdad; de enorme sensibilidad, algunas veces tiene óptimas facultades de medium y, en general, se siente atraído por el misterio de la religión y de las ciencias ocultas. Tiende a la extravagancia.
LA MANO MIXTA
Es una forma intermedia; sus dedos tienen características que pertenecen a todos los distintos tipos o a algunos de ellos (fig. 8). Revela versatilidad de ingenio pero indecisión para realizar las propias ideas, los propios proyectos, y mucha inquietud. Naturalmente, otros indicios, como la forma y las rayas de la mano, pueden modificar las consecuencias de estas características y permitir a tales sujetos reunir los arrebatos de la fantasía con los cálculos del sentido común, cosa que a veces crea al genio.Ha sido constatado (Desbarrolles) que el gran poeta y diputado Lamartine, el músico Auber y los pintores Delaroche y Meissonnier, así como otros personajes de talento, poseían precisamente la denominada mano mixta.De los estudios de Desbarrolles podríamos destacar de modo particular la "mano del placer", que es otro tipo de mano que pertenece particularmente a las mujeres y revela de inmediato una viva tendencia a los placeres sensuales.Es una mano bella, suave, con hoyuelos, con la palma fuerte y carnosa y con la raíz del pulgar, es decir el monte de Venus, muy desarrollada. Generalmente el pulgar es muy corto y demuestra que la voluntad actúa muy poco; los otros dedos son largos, finos y puntiagudos e indican impresionabilidad y facilidad para caer en el error. Si se observa la tercera falange de estos dedos, se descubre que los apetitos materiales prevalecen y que el instinto del amor sexual es muy vivo, habida cuenta de la medida que asume en este tipo de mano la raíz del dedo pulgar.Los fenómenos de la piel están en constante relación con el cerebro; desde luego las enfermedades tienen siempre una señalización cerebral, como se afirma en medicina; por lo tanto, si estas manos son particularmente blancas y parecen insensibles al calor y al frío, revelan también una causa espiritual y, desde luego, quien las posee tiene un temperamento egoísta, insensible a los sentimientos de piedad y de caridad, y es incapaz de verdadero afecto.Si este tipo de mujer posee en buena dosis voluntad y lógica, resulta peligrosa porque atrae, fascina y es difícil salvarse de su poder.